La calle, piel concreto en donde quiera, distancia que hay entre barrio y barrio, entre puñal de gente, y postes de luz, con basura y mancha tierna, palpita Caracas toda, entre gente que sale persiguiendo minutos, y se estanca horas, en un afán de perro a hueso, de poros que sudan asfalto y rasgan las uñas, donde se apura el paso para no gritar sin aire.
Como los bultos dejan la espalda, resbalan tercos, malcriados, se deja la capital, el hombre se reconoce, salta, brinca y salta. Bienvenido el campo.
Las ropas áridas, con cariños de roturas, de tierra y mata, que nos giran y arrancan tajos de tela, en tropezones torpes de la ciudad con el campo. Con vértigo de tanta nada y mucho para donde correr, sin querer, casi perdiendo el miedo.
El sol, jaula de bestias y perseguidos, como la mirada del llano. Audaz, con la paciencia que apenas sobra el baqueano, bajo el caney, sobre mordiscos y aguijones, sobre canciones que dicen la verdad verdaita.
Por fin la epifanía, el golpe sobre la frente y la vida, he sido y soy parte de lo fácil, que rápido se casa la comida muerta, también quiero ser como se es aquí, donde la calma pesa horas incontables, y enseña, donde las calles se pierden con la tierra y el monte. Un baqueano se ríe de mi y me descubro, desentendido del campo, de la capital.
Hay que volver a la gente, el tráfico, un montón de lugares donde no disfruto, el paisaje del caos, ir para donde me toca, en el punto exacto de la aguja con el número, sin minutos para perderme, sin la calor rozando el alma, sin la tierra toda para mirarla agotado, sudando el camino, de lo sabroso que se pasa trabajo y se traga tierra, porque así se vive el llano y se añora, en vacío sonoro, desmembrado de tierra, no soy todo vida